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domingo, 10 de abril de 2011

Todos somos Bhopal.

Relación interactiva entre los sistemas entrópicos inorgánicos y lo biológicamente permeable en relación a la dinámica del comportamiento social, humano, y correcto.


La mayoría de la gente cree en algo. Sí. Díganme, ¿quién de ustedes gratos lectores no conoce a alguien –bueno, a muchos- de su alrededor que ante los hechos de facto y la máxima evidencia disponible, no opte por creencias del tipo reconfortable?

Déjenme ser anfitrión de sus ideas por un pequeño instante, en este pequeño margen al costado de una revista, y sugerirles un manojo de ideas poco polémicas pero gravosas: voy a delegar al viejo Dios como modelo culminante de lo que yo llamo réconfort: amnistía, penitencia, desahogo y catarsis.

La mayoría de la gente siempre ha tenido una creencia de algún tipo que le consuele. Yo expongo al malaventurado líder abrahámico y cananita de la cultura mesopotámica porque durante la mayor parte de nuestra historia, el candidato a este algo no ha sido otro más que él: abuelo Dios. Jebús. Diferentes nombres, diferentes culturas. Él es toda la razón humana por la que una noche y otra noche, luego de vencerse el sol y el día, los seguidores de Pachakutiq insistieran en orquestar un fabuloso rito de “atar al sol” a una piedra fría en el Valle de Urubamba: y así conseguir que el gran astro Inti volviera a aparecer por el este el día siguiente. A Dios o alguno de sus Dioses disminuidos a la categoría de santos, han dirigido un rezo los agricultores durante el verano seco, para atraer homeopáticamente el bien de la lluvia y el aguacero. En Dios o un equivalente verdugo pensamos cuando observamos la pétrea maquina, metálica y que corta frío, tronchadora o que aplasta rápido, y que se viene imponiendo a través de sucesivas revoluciones industriales y tecnológicas desde hace tres siglos. Yo cuando me enteré de los estragos del 1,1,1-tricloro-2,2-bis(4-clorofenil)-etano (posiblemente más conocido por ustedes y en la prensa como DDT), incorporado ya desde mitades del siglo XX a las cadenas tróficas incluso de la Antártida, estuve a punto, pero casi a punto de pensar en Dios. No me malentiendan, no me refiero a que haya estado ni remotamente cerca de culparlo de algo: ya tiene suficientes causas procesales en trámite desde todo ese asunto con los Araditas, y después eso de la liberación de los 10.000 moabitas lujuriosos; cuando no podés meter más la pata la metés. Pero casi me agacho ante la gravedad de la circunstancia y lo invoco. ¡Con mi mala relación y todo! Ahora, el convenio de Rotterdam advierte sobre muchos otros COPs(*) a los cuales, digámoslo de esta manera, ninguna organización excepto el convenio de Rotterdam, reconoce como peligrosos dentro de un marco estrictamente preventivo de la salud pública y de la potencial deriva medioambiental. Entonces ya ni en nosotros mismos podés darte el lujo de creer. Productos petroquímicos nocivos y disruptores endocrinos como el PCB, aldrin, clordano, mirex, eldrín, dieldrín, heptacloro, cuyos efectos devastadores ya deberíamos conocer dentro de un marco experimental, efectivo y de pronóstico.

Dios seguramente no tenga que ver con nada de todo esto (o al menos así lo suponemos yo y el puñado de individuos que creemos abocarnos con entereza al riguroso protocolo científico y sus algoritmos; la estadística señala correlaciones casi nulas entre cualquier tipo de ente sobrenatural en relación al pasado y al futuro curso de esta clase de acontecimientos primorosos para nuestra especie –y las demás-, pero el margen de error inextripable da permiso para que cada uno se consagre a su propio bolsillo. O a sus propios placeres, como diría el buen Hume, y a la gózala a la doxa en ideas de Platón) pero nosotros seguimos pensando en él cuando es dudativo que él piense siquiera en nosotros la cantidad que nosotros deberíamos estar pensando en lo que él seguramente no piensa (nosotros). 

A medida que los conocimientos científicos se han ido acrecentando junto a privilegios industriales, las explicaciones sobre los acontecimientos dirigidos por las leyes naturales y el entendimiento de las secuelas de nuestra gestión de los materiales empiezan a reemplazar al concepto metafísico de “capricho divino”; la responsabilidad en términos de qué le pasa a nuestro mundo a continuación empieza a ser algo más nuestro que de cualquier otro organismo que viva sobre la faz de este lugar.

Nosotros empezamos a ser los auténticos protectores impredecibles e imprescindibles de nosotros mismos, y de las otras cosas: o lo somos, o no lo somos. Pero la decisión reside en nosotros. Quiero poner en tela de juicio, por ejemplo, cierto aspecto de la intocable sacrosanta teoría de la evolución de Darwin: a lo largo de la historia la vida se ha ido adecuando a las condiciones del entorno fisicoquímico. Pero como grandes de la talla de Lovelock o de Margulis han hecho, proclamo lo contrario: la biósfera es la encargada de generar, mantener y regular sus propias condiciones medioambientales.

En otras palabras, la vida no está influenciada por el entorno más de lo que ella misma ejerce un influjo sobre el mundo inorgánico, lo que da lugar a una idea absolutamente bella de coevolución entre lo biológico y lo inerte, representada por excelencia en nosotros –y nuestra capacidad de hacer maleable al medio-.

Así, determinados taxones de algas costeras liberan DMS (dimetil sulfuro) al medio, un gas que estimula la formación de núcleos de condensación de vapor de agua: la formación nubosa lógicamente oscurece la superficie de una región, y esto permite un descenso de la temperatura. El frío generado, que dificulta la proliferación de algunas de estas mismas algas, resulta en una disminución de la producción de DMS, y tras el declive de la formación de nubes comienza un nuevo aumento de la escala térmica.

El oxígeno, el dióxido de carbono, el amoníaco constituido por nitrógeno, y otros gases inorgánicos fundamentales para la homeostasis o el equilibrio del entorno, son la materia prima y el producto de una incontable cuota de bacterias que; regulan este lugar que consideramos incorruptible, yerto, tieso e impertérrito; lo autoabastecen y lo retroalimentan. El planeta necesitó millones de años para convertir un infierno de fuego y cenizas en un verdadero paraíso de océanos, montañas, oxígeno, y ahora Gaia tiene que sufrir de sus propios hijos el artificio de un orco y de un tártaro. El artificio humano de una primacía de las ganancias por sobre la calidad de vida, de un infierno sintético y postizo: nuestras emanaciones, nuestros residuos no biodegradables, y primero y principal: la desgana y la negligencia que se fundamentan con diferentes grados de pasividad, abulia, y –desafortunadamente- con la pavorosa credulidad que nos generan determinadas creencias.

Hay una única amenaza: haber llegado a un punto en el cual estamos alterando drásticamente determinadas regiones –desnivelando ficticia y virtualmente, un poco la importancia de las regiones y de los ecosistemas- donde residen los circuitos primarios del control biótico (cinturones tropicales de selva, plataformas continentales): y no estarlo viendo.

Fo el Filoso.


*
Los COPs representan un problema global que exige la cooperación internacional para su eliminación pues se trata de sustancias tóxicos, persistentes, que se bioacumulan y biomagnifican en las cadenas alimentarias, por lo que pueden recorrer grandes distancias y acabar afectando a las nuevas generaciones desde la concepción y contaminando la leche materna.

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