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martes, 16 de agosto de 2011

Indoor.

Soñé con una mina. Yo a ella la conocía, creo que ella a mi no. Los sesos de este asunto se vierten de mí hacia afuera como si fuera lo más natural, no puedo contener las tripas adentro. Grito: ¡no me vean las tripas! Pero estoy sosteniéndolas, y mostrándoselas al mundo.

Estuve todo mi día obsesionado con la frescura de esta flaca: anduve con un grado bastante elevado de bruxismo, dando dentasos por toda la ciudad. No puedo tolerar las cargas emotivas de este tipo: siento estupor por la belleza de sus carácteres rosados, eróticos, me obsesionan y es una obsesión rosada. Pero al mismo tiempo, todas sus características se van desvaneciendo de mi consciencia y sé que van durar poco, lo que me reste de vigilia nomás.

Me maniatizo imaginando la sal de mis labios sobre los suyos, los siento en los mios, tocándose. Casi puedo morderlos, hacerlos rojos, amarlos, amo sus labios: más mientras dormía y ahora menos y menos. Intenté tocarme pensando en ella, en sus ojos, en su carne firme, y me di cuenta que ella me gusta tanto que no puedo hacerlo. Creo que fue para revivir su imagen.

Su pelo rubio es tan fuerte que no puede ser una creación de mi mente, su mirada es demasiado intensa, y real... pero sé que solamente pertenece al mundo de mis sueños.

Mis sueños están altamente preparados para engañarme, para hacerme caer. Me juegan bromas pesadas. Primero me seducen, yo me dejo arrastrar... después me despiertan y me dejan recordar dónde estoy realmente. Siempre se están burlando. De alguna forma sé que todas las mujeres nuevas y desconocidas que veo en mis sueños son ella. Concentrate Nicolás, ella está muerta.


No tiene nombre, este nuevo personaje es una nueva ella, es solamente <<ella>>, y me importa un morlaco que no exista. El mundo es gélido y bufón, y yo me automaticé demasiado optimamente en la labor de pegarle duro al mundo, de morfarme su trajín, fornicármelo cuando se da vuelta: no podría soportar tanta buena cosa en mis días bahienses, tanto amor sofisticado. En mis sueños era una belleza despediciada en manos toscas.
En el eterno fracaso que son mis relaciones humanas mi odio se elevaría al cubo al estropear esa, y encima lo haría con gusto. Tampoco podría andar por ahí con la certeza de que me estuve perdiendo el placer de ser feliz todo el tiempo, y ahora de repente lo soy... así ¡de la nada! 

Igual creo que está ahí afuera, sí, y me contento con creer[la]. Creo en ella. Y creo que no me conoce, o que no se acuerda de mi, o que está por acordarse de quién soy. Voy a entrometerme yo en sus sueños ahora, para que se acuerde y se pregunte de dónde vengo; quizá cuando lo haga hasta me de el lujo de mostrarle la espalda. Voy a darle un sueño que se ría de ella también. 

Ella es el amor de mi vida, no lo dudo hoy aunque lo dude mañana. Ella es todo lo que busqué en el orbe, la tierra contaminada de caras feas y espíritus flacos. Me contagia la pena su piel blanca y fría, su cara rubia, la pena de la que estoy hecho: la pena que es la antitesis de la debilidad humana y sus caretas, porque la naturaleza de esta pena es no ser ciega. Me gusta una persona que anda por ahí y vi en mis sueños. En mis sueños ella se estaba cogiendo a un tipo, el tipo era la pena, se la estaba cogiendo la pena, y aún así me gustó.

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