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Bahía Gris. , Malos Aires., Argentina

domingo, 6 de noviembre de 2011

Sep09: vivace.



Ese es mi mundo, ese de allá el mundo; y quiere ser mio -lo dice a gritos-. Cabe en una palma de mi mano: yo estiro y cabe, desde acá arriba pasa así con todo el mundo. Estoy tan alto y todo parece pequeño repentinamente. Hay silencio.

Las luces de la ciudad están prendidas, las candelas entre las ventanas frías, no soy el único que no duerme. Uno o dos, tres cristales iluminados. Puedo ver todo: las estelas tintinean con calma, la gente desvaneciéndose en la calle negra entre rincones negros. El decorado de chimeneas en el fondo. Todo hace humos, vapores, neblinas grises y las multinacionales salpican la costa Bahiense con su fumarada. (Yo puedo verlos y ellos, ellos duermen).



Tengo todo vigilado desde acá, y nadie me vigila: no existo más para las personas por encima de este acantilado, no hay una voz que pueda inquietar mi alma. Allá, en esa caerula mare de luces naranjas, quieto, quieto, está el poder que la gente busca en el día y desaprovecha a estas horas. Por la bóveda, el techo de invierno, corren pequeñas barcas brunas entre las estrellas y se balancean encima de mí.
¿Cómo puedo subirme a ellas?, ¿me llevarían lejos, lejos, tan lejos que no pueda volver? A los lugares lejanos, la tangente del mundo de la que no se vuelve y de la que estuve así de cerca una vez -solamente en esa dirección puedo acercarme a dejar atrás todo este sufrimiento-.

Todos los días pierdo el control de mi vida: al menos una vez por día. Es una obligación moral. Sucede de forma tan predecible y apática, creo que roza lo voluntario. Son fugas de gana; ganas por sacar cualquier bien de este ántrax social, de todo esto que es distracción, no quedan nada.

Los poderes que conquisté hace añares son de una serie exótica: necesitan en primer lugar de la recuperación constante de la memoria para abrirse como flor, la memoria sobre dónde vienen y cómo funcionan, porque de lo contrario los desacredito y caen en desuso: esta tarea no es habitual para muchos y no conocen el mal humor que genera -precisamente porque, verán, se contradice con los fundamentos de dicho poder-. A cada rato necesito evaluarlo todo y probarme a mí mismo que probablemente no esté en lo correcto, que el resto no acostumbra a estar en lo correcto y ni se acercan a ponen en duda lo contrario (que están en lo correcto).

La incertidumbre y las fluctuaciones de la mente humana, el azar y las voraginosas eventualidades de la vida,  son bestias-parasito que afectan la memoria, las facultades, el juicio, sin que uno lo note. Por eso observo friamente: no hay buena fe ciega, ni en las certezas superiores individuales, ni en nadie ni en nada. La fe no es buena. Pero el instinto me hace un animal con olfato bulímico, y pocas personas conocen en su vida la determinación de la confianza, casi obsesiva, en las conclusiones a las que llego.  

No me distraigo en recopilaciones enciclopédicas, ni en decoraciones de interior. Esa es la regla número uno que sigo.
Siento el poder del que no titubea ante la propia identidad, y, ¿qué hay más importante? Qué alivio más grande en la noche. Mientras a más obstáculos hay que sobreponerse para conseguir algo, más dura ello cuando se obtiene: más fuerte e indomable nace su flor. Esa es la verdad más lujosa para mi: lo que soy. Es lo único que importa al final de todas las cosas ¿o no?
Mi vida es una preciosa novela que podría durar 100 años, aunque sólo llegue a durar 27, 30, un poco menos o un poco más. Y ni en mil me sería olvidada si existiera algo más después de que abandone este cuerpo con el que no me llevo tan bien. Podría ser recordado por los nadies, por los sin tierra, por los desamparados, por los que viven por algo más -no sólo por la felicidad-: y a todos los que venimos en representación de este pueblo de los solos nos pasa sin dudas igual. Pero no nos recordaremos entre nosotros porque con uno mismo basta, es demasiado complejo ya con nosotros nomás, y ¿qué fuimos para el resto como para que nos recuerden?
 


La vida tiene que ser una tormentosa vida si es necesario, pero una obra maestra, impecable en contenido, antes de que desaparezcas. Es preferible ser un instasifecho virtuoso que un animal bien satisfecho.

De llamar a los dioses, me responden. Ellos me recuerdan por las promesas, recapitulan mis pedidos, y me da terror admitir que acuden a cada suspiro que emano. Mis dioses que están hechos piedra por mi propio abandono u olvido. Siguen ahí pese a mi escepticismo inevitable.

Cómo los siento mediar en mi historia desde azares que no domino, los tanteo en la honda vastedad de mis ojos cerrados: espacio, espacio largo. Iluminan caminos entre lo inhóspito, a los que se dirigen las barcas: y cierro más fuerte los ojos. Puedo volar esta noche si quiero, mis manos pueden volverse fuego violento y rojo y sacudir como un albor.

También puedo perder el control sobre mi mismo. Puedo destruir todo lo que soy. Eso me divierte. Destruir esta apolínea e ingenua historia que creé: aún así estaría eligiendo algo, no puedo escapar a eso. Eso me hace tan libre.

Me enamoré de la vida una vez, caer de tan arriba es un calvario. Cosa dificil que la costura alcance para reparar lo que hiere tanto. La desilusión sabe cortar los lazos con uno mismo y con todos los demás (que parecen perder relevancia de repente). Un niño ermitaño, como el que fui, cae igual de duro que un yunque desde acá arriba.

En la palma de mi mano, este arpón, este hierro, esta asesinada por la vida que sin hálito sigue firme y ahora inquebrantable, blanca, muerta: cabe todo, todo menos yo mismo. Todo menos mi pasado, el que ha cobrado vida independientemente de mí y, cuando duermo, me juega bromas pesadas con ella una y otra vez.


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