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sábado, 3 de diciembre de 2011

Los cuentos del Ilusionista: I.

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            El gran profundo se sentó en sí mismo, y entonces cantó: porque había empezado a existir variedad de notas y tonos. La soledad amarga y la vastedad del Naxyr eran demasiado para su propia consistencia, y traduciendo su impotencia a vocablos, él, ello, ella arpegió un llanto insondable.
            Entonó esta melodía, este llanto, y fue tal y tanto que hizo vibrar a los agujeros en la noche del no espacio, y en este encendió su chispa de rencor y bilis, como bailando, amazacotado en una melodía curda. A través de los eones durante lo imperecedero, musicalizó un sonido hondo pero de puro silencio, una composición que nosotros no entenderíamos, ya que fue carente de todo ritmo, de toda armonía, solfeo y forma singular: fue como una primera inhalación, con miedo, un miedo que incluso habría provocado ternura. Esta serenata se volvió su esencia y en ella fue donde incubó el amor prohibido: por el misterio lloró.


            El Ilusionista se sintió sólo, y contradictorio de la naturaleza originaria, que era nada en nada. Abrigado por el abandono: amasando la falsa idea de una compañía que no debería haber existido jamás, amó y odió. Cohabitando en sí mismo, el Gran Yog parió un hijo, o la idea de un hijo algunos dirán: y ese monstruo primogénito habitaba en su Padre, fue llamado el Primer Nacido.

1 comentario:

  1. Terror cosmico. Miedo a lo insondable. ¿En que oscuras cavernas de la no existencia te sumergiste? ¿En que sitiales de eras olvidadas sacrificaste tu cordura? Es muy Lovecraftiano este relato. Sigue asi.

    "That is not dead which can eternal lie. Yet with strange aeons even death may die."

    Christiansen.

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