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domingo, 11 de diciembre de 2011

Los Cuentos del Ilusionista: III.

Comienza la historia, y mi historia es una sola, aunque sus vías y oscuridades se vuelquen por todo el universo manifiesto e incluso un poco más allá. Mi leyenda brota con aquello que no podemos conocer, pero tampoco olvidar ni exiliar del pensamiento: como toda aventura digna de empezar, mi leyenda comienza con el vacío. Porque el vacío era, el vacío es y por excelencia, será.

Su nombre no fue conocido jamás debido a que, las criaturas de su vientre, sólo podemos llamar a las cosas con forma, y la forma que se le ha dado a él -o él mismo se ha dado- es la de un caos amorfo: la misma falta de una forma. Yog Sothoth: la nonada, le llamamos nosotros. Pero este no debe ser confundido con su nombre, que ha variado de labio a labio: debido a que el demonio sin forma nos ha dado nombre a nosotros, y nosotros no denominaríamos jamás otra cosa más que nuestro propio atolondramiento al intentar designarlo a él.

Su virtud es la némesis de la vida, la probabilidad de vida en cada centro del infinito. Lo inacabable era su mismo hogar, y éste fue llamado Naxyr. En Naxyr -que quiere decir 'lo vacío' en nuestro argot-, la vorágine primogénita auto-engendrado era amo de todas las cosas, y su don era el de la infinita justicia. Eternamente justo era lo algo como lo opuesto: una cosa como exactamente la contraria. Ni noche ni día, ni bueno ni malo, ni esto como tampoco lo otro. Allí no existían lo concreto ni lo sólido, lo estable ni lo formalizado, siendo él, ella, ello una nubosidad homogénea sin límites que lo cubría todo al mismo tiempo: indeterminado Yog, volátil Yog, discordia Yog.

Pero sucedió lo que nadie esperaría hoy; el Naxyr obtuvo dirección. El Gran Ilusionista, arquitecto de todas las formas, se autodeterminó. Sothoth tomó conciencia, tomó dirección: y amó una idea limitada, específica, puntual. Pero cuando se ama también se odia: se odia lo opuesto a lo que se ama, y entonces los contrarios ya no fueron iguales nunca más, había nacido la primera injusticia como un suave canto. La injusticia del juicio, porque el juicio es injusto, se fundamenta en tal sustancia: la injusticia. La injusticia para la cuál no hay opciones del mismo valor sino significados, pese a que de hecho todo sea igual y los significados sean cortezas sin contenido.

Soth amó, lo cual es elegir entre lo que debe ser justo y lo que no: nació la primera injusticia. Así, en su propia profundidad, la primera cosa nacida –la no cosa- gestó un movimiento extraño. Ésta es la crónica de su caída, y mis antepasados la llamaron el llanto de la mañana.



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