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miércoles, 25 de enero de 2012

Cuando me habla de la navidad o del niño Jesús...

¿Usted quiere decir que el recuerdo del nacimiento de un bebé palestino que quizás haya existido aunque seguro que no como lo cuentan me debería dar satisfacción, bonanza y regocijo? ¿O que me convenza de que toda esa gente que no soporto, mis vecinos mis compañeros de trabajo mis parientes mis clientes los hinchas de racing club los políticos los patrones los banqueros de últimas son buenos y tengo que quererlos? ¿O que en navidad me lance a consumir desesperadamente para tener por unos días la ilusión de que yo también soy uno de esos que hacen esas cosas? ¿O que imagine que a partir de la semana después de navidad o de año nuevo todo cambiará y se abrirá un ciclo distinto en mi vida donde yo voy a ser otro y todo va a ser distinto brillante inmejorable? ¿O que crea en la importancia de la bondad universal porque si no lo llego a creer me voy a quemar para siempre en las llamas del infierno (me gusta el fuego)? ¿O que me haga el boludo y me calle y cante con el coro…?



La prueba de la victoria de una idea es que condicione las vidas de los que no creen en ella. Y si hay algo que triunfó en este mundo, mucho más que cualquier globalización o rocanrol o fútbol pasión de multitudes o mcdonald’s en flor, es la iglesia católica y su mitología.

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