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Bahía Gris. , Malos Aires., Argentina

lunes, 30 de enero de 2012

La vida no es un juego. La felicidad es una mentira.

Había una época, una época remota, en la que tenías toda la vida por delante. Te hallabas al comienzo de ese camino deslumbrante por el que se desplegaba una interminable alfombra de terciopelo rojo, invitándote a avanzar hacia el mañana.

Por aquel entonces creías firmemente que podías comerte el mundo, aspirarlo a bocanadas. Los brazos de tu madre eran los puertos a los que arribabas para escapar a las tempestades, para absorber esa sensación de seguridad y de bienestar que te proporcionaban.

Por aquel entonces, el abrazo de tu madre y los confines de tu hogar eran tu horizonte, mientras en tu desbordada imaginación se gestaban sueños de grandeza. Visualizabas todo lo que ibas a conseguir.
Y tú eres esa madre amorosa sin más perspectivas ni anhelos que el cuidado de tu familia, una mujer cuya identidad siempre ha estado supeditada a la de los que te rodean, sin más sueños que los de ver a tu hijo convertido en todo un hombre.

Comienzas tu andadura por la alfombra de terciopelo rojo con paso airoso, desafiante, mirando exultante a tu alrededor y todo te anima a seguir adelante; el sol, benévolo, brilla con fuerza para ti; las frondas de la vegetación que forman un exuberante túnel a tu paso reverberan con todos los tonos de verde.

Continúas avanzando y el túnel comienza a curvarse. La alfombra de terciopelo va adquiriendo un tono de rojo cada vez más desvaído; la vegetación va amarilleando y se vuelve más rala; el sol se oculta intermitentemente y su resplandor disminuye. Y, en algún momento que no aciertas a determinar, el sendero se ha transformado en un retorcido laberinto tan lúgubre como los corredores del infierno. Y, ¿dónde se halla ese sueño que antes percibías con meridiana claridad al final del túnel? ¿Se ha ocultado acaso en las profundidades de este extraño laberinto que se va alejando de todo lo que te resultaba familiar?
Pero continúas avanzando. Te habitúas al intrincado laberinto, a caminar por la oscuridad sin saber hacia dónde te diriges. Tus sueños de grandeza se van diluyendo lentamente tras una cortina brumosa.
El laberinto, cada vez más degradado y corrompido, oculta trampas, puñaladas. No regala nada. En el laberinto del infierno nada se concede gratis. Te ofrece la luna, la evasión, la huida artificial. Te ofrece esa sensación de falso optimismo, de ficticias esperanzas, de patética euforia. El laberinto coloca muy lejos de tu alcance un sucedáneo de sueños adulterados que promete concederte a cambio de que prostituyas tu alma y tu cuerpo. Tú, que todavía crees que habrá un mañana mejor, te prostituyes a cambio de ese sueño imposible, mientras te destruyes en el universo alucinógeno con promesas de una felicidad que te esquiva.

Y tú, madre, también te vendes. Te vendes a la esclavitud de la televisión, de los programas sectarios que arrollan tu débil voluntad bombardeándote con mensajes de inalcanzable y vacía belleza puramente exterior, con estúpidos anhelos que te reducen a un ser que apenas vive más allá de las dimensiones de la pantalla del televisor. Te vendes a ese mensaje atrayente y dañino que sólo te conduce a la autodestrucción.

El laberinto se cierra sobre ti sumiéndote en las tinieblas más abismales. Tu paso ya no es airoso ni desafiante,
tus ojos ya no brillan, tu cuerpo y tu mente son despojos atrapados en la adicción más salvaje. Caminas por pura inercia, un cadáver andante presto a derrumbarse en cualquier momento para no levantarse jamás. La completa oscuridad te envuelve como en una pesadilla de la que sabes que no vas a despertar. Ya no hay alfombra de terciopelo rojo, ya no hay frondosa hojarasca, ya no hay sol que te alumbre. Te has abandonado a ti mismo, todos te han abandonado. El laberinto te ha traicionado y ya hace mucho tiempo que no puedes ver aquellos lejanos sueños que una vez tuviste. Han desaparecido. Has desaparecido en el centro de las tinieblas.

Tú ya no estás. Eres menos que una piltrafa.
Tus sueños se han perdido.

Terrible, brutal drama sobre el inexorable descenso al infierno de las adicciones, a la adicción por los sueños, a las cárceles que la sociedad construye a nuestro alrededor con el reclamo de un éxito y de una felicidad suprema inexistentes, ideados para atrapar a los incautos en la red de ese gran mercado en el que lo que se pone a la venta es la dignidad humana.



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